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Y fue… Ruska

La primera palabra que escuché en finés fue “ruska”. La noche de mi llegada, fueron a buscarme a la estación de autobús y me dieron una vuelta por la ciudad en coche (ya hablé de ello en mi primer post). Recuerdo poco de aquella visita improvisada, incluso tiempo después he revisitado prácticamente todos los sitios y siguen pareciendo diferentes, pero lo que no olvidaré nunca es ese apasionado tono de voz diciendo “ruska”.

Llevaba tiempo queriendo dedicar un post a ello aunque siento que aún no conozco lo suficiente como para atreverme a hablar. Sin embargo, es patente la pasión de los finlandeses por la naturaleza. No es solo que vivan de ello, sino que está presente en cada rincón. Bosques, arboles, plantas tienen cabida en todas las ciudades, en su modo de vida, en sus aspiraciones, pues así como en España mucha gente busca tener su casa de vacaciones en el sobreconstruido Levante, con sus superpobladas playas, los finlandeses anhelan una solitaria cabaña en el bosque, a orillas de uno de los miles de lagos. Eso si, con su sauna. Es una vuelta a la naturaleza, a las raíces. Ciertamente, viendo el cuidado con el que ésta está presente en el dia a día, cuesta saber quien llamó a quién. Si son ellos los que desean tener la naturaleza cerca o es la naturaleza la que los llama con una fuerza irresistible.

Ahora la ruska ha desaparecido por completo, la naturaleza duerme y puede sentirse como el invierno se acerca. En Lapland ya no volverán a ver el sol hasta dentro de dos meses y aquí las horas de luz son pocas y tenues. Un paisaje que se antoja deprimente desde la perspectiva de la ciudad y que, en este marco, guarda un maravilloso tono faérico.

Invierno

Hay quien dice que las ciudades de Finlandia son feas, grises. Yo creo que el principal problema radica en el agravio comparativo. Siempre he visto los grandes núcleos de población como modernos campos de concentración. Impersonales, fríos y lejos de todo cuanto somos. Ritmos trepidantes y caras blancas avanzando sin pararse a mirar. A veces mirando, pero sin poder ver. Todos muy cerca, porque es eficiente, a la hora de producir y a la hora de consumir. Porque el resto no importa, porque un sitio donde ir a ver, a escuchar, a sentarte y a sentirte no tiene ningún interés si no genera beneficio. Y el beneficio del individuo, por norma, es el perjuicio del capital.

Remarco, con esto, la evidente desaparición de zonas verdes o de ocio en España, la aparición de normativas que impiden tomarte un bocadillo y un refresco en cualquier lugar y cualquier otra perversión del concepto que nos mantiene atrapados en el mundo artificial, el que hemos construido y nos aleja del natural. Cómo no va a haber pues, un agravio comparativo, cuando desde nuestro lado de la valla podemos ver la naturaleza en su máxima expresión. Llamándonos y atrayéndonos. Y es que puerta del zoo sigue abierta, para volver a lo que siempre estuvo ahí y no olvidar lo que somos, pero, al final, el olor de las sardinas nos vuelve a distraer.

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